Hoy me levanté con esa amarga sensación de que no lo tendría que haber hecho. Estaba soñando con mi antigua casa de campo, aquel lugar donde disfrutaba del mundo, o tal vez soñaba con ese perro que supe tener en los años de mi infancia. Realmente no lo sé. Me acordé de que tenía que vivir, abrí un ojo y no quise salir al mundo. Me quedé un ratito más, pero en algún punto siempre supe que era tarde.
Me levanté, me bañe para estar de mejor humor pero no funcionó. Intento fallido.
Salí a la calle a ver ese sol que hacía tanto no encontraba y me quedé un rato pensando en qué iba a hacer durante el día. Ahí descubrí que para sobrevivir a él debía huir de casa porque el horno no estaba para bollos. Levanté la vista y descubrí un cortejo fúnebre.
Me puse a pensar a dónde podía escapar y no encontré un paradero. Estaba destinado a quedarme en casa y sufrir las hostilidades de mi loca familia. Llegó mi abuela y me deprimí más aún cuando dijo que estaba gordo, ella siempre aportando esos comentarios que te ayudan con tu autoestima.
Fumé el primer cigarrillo de la mañana y disfruté de cada bocanada, hasta que llegó mi padre diciendo: “Estás fumando mucho vos, te vas a cagar muriendo”. Arruinó mi momento de placer y se fue. Apagué el pucho, levanté mi pesado cuerpo del sillón y fui a comer.
El día transcurrió y yo no pude escapar.
Intento cambiarlos, pero los domingos son así. Fríos, solitarios, lluviosos, desagradables e incomprensibles.