lunes, 16 de febrero de 2009
Cómo te quiero
Te quiero como a la espuma de la leche chocolatada, como a la Coca en botella de vidrio, como al CD del Flaco Pailo en un viaje largo. Te quiero como a una película de canal 12 un domingo, como al asado improvisado, como al Rally con amigos, como a un libro antes de dormir. Te quiero como los sábados de Voodoo, como al campo en invierno, como a una siesta sin apuros. Te quiero como al fernet en el patio, como a andar en el auto de Lautaro a los pedos, como a un viaje al norte con buena compañía. Te quiero como a un billete lila, como a una caipiriña, como al mar de Brasil. Te quiero como a un porrón bien helado, como se quiere a la coca y el fernet, como al vino y melón. Te quiero como a un chori en el parque, como a una canción en la radio, como a los comentarios de verdades. Te quiero como al escape de mi auto, como a la salida del jueves, como a soñar con los ojos abiertos. Te quiero como a decirte urraca, como a sentir tu piel, como a tus labios en mi boca. Te quiero como a que me digas te quiero.
PD: La Urraca es mi novia, mejor conocida como Carla.
lunes, 22 de diciembre de 2008
El día en que perdí mi dedo gordo
Y sí. Dolió y mucho. Cosa que rozaba, cosa que generaba un inaguantable sufrimiento. La cosa es que todo lo que intentaba hacer se complicaba. Y todo empeoró cuando quise ir al baño a despedir a algunos amigos del interior. (Vale aclarar que a esta sección del relato debería llamarla dedo de mierda, pero debido al caso me pareció un tanto burdo). Entré “cagando” cerré la puerta y cuando me decidía bajar los pantalones me dí cuenta de que tenía que desabrochar el botón del Jean con mi mano e izquierda y con mi pobre dedo gordo machucado (no pregunten por qué no lo hice con la otra mano, cosas del momento). Sin pensarlo junté coraje y le dí rosca al botón. Estaba ahí, de frente al inodoro, cagándome y viendo las estrellas del dolor de dedo que tenía. Para los curiosos: pude desabrochar mi pantalón cuando descubrí que tenía otra mano. Hice mis necesidades y salí pensante y decidido a escribir lo que me había pasado.
Hoy, 22 de diciembre del 2008, gracias a una buena machucada de dedo, descubrí que tengo dedo gordo y que encima sirve para muchas cosas. Así que siento la in esquiva responsabilidad de compartir un consejo en base a mi experiencia: Señor/a lector/a, cuide su dedo gordo. Córtele la uña, hágale masajes, sumérjalo en texturas raras, toque con ese dedo, hágale conocer nuevos tactos, nuevas sensaciones, déle vida a ese hermoso dedo gordo que tiene, porque nunca se sabe cuándo va a terminar escribiendo un relato sin poder apoyarlo sobre la barra espaciadora. No sabe lo incómodo que es.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Verdades de apuntes
Por más que lo intento, los apuntes se me hacen eternos, monótonos y realmente molestos en el bolso. Por eso es que trato de esquivarlos, pero quiera o no, muchas veces tuve que juntar coraje, tragar saliva y sentarme horas al frente de uno para leerlo hasta el final. Y en contadas ocasiones descubrí una especie de patrón que se repetía: Todos los apuntes, TODOS, tienen capítulos, hojas y párrafos que el profesor no pide, que nunca van a tomar y que nunca nadie va a leer. Pensando un poquito más me pregunté: ¿Para qué el profesor se toma el trabajo de armar este apunte y pone temas que nunca va a tomar? Y como siempre divago por ramas en las que debería no meterme… En fin, concluí en que los profesores y los fotocopiadores, son dueños y socios de una organización macabra en búsqueda de nuestro dinero. Estudiantes y estudiantas, no se dejen engañar por estos estafadores del demonio.
martes, 9 de diciembre de 2008
Recuerdos de una época soñada
Hoy, por una de esas casualidades de la vida pensé en vos y concluí en que mi mente divaga por caminos abyectos y me juega malas pasadas. Bromas que no se pueden olvidar o chascos imperdonables que se quedan grabados hasta el día de hoy. Soñar despierto, definitivamente conduce a consecuencias graves.
Pienso en enviarte estas palabras, pero mi orgullo es más grande que mi libertad de expresión. Hoy revuelvo, husmeo y tiro ropa de un placard que se vendió hace ya tiempo.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Pretéritos del modo subjuntivo
Remitiéndome a lo escrito anteriormente en mi blog: sobre el tema de “hubiera y hubiese” que se encuentra en la redacción “Dudas existenciales”, comencé a caer en la cuenta de que esta conjugación verbal, que se escribe distinto sin alterar su contenido semántico, es aplicable a un sinfín de verbos, como por ejemplo: Supiera/supiese, bajara/bajase, acostara/acostase. De hecho, se puede aplicar a todos los verbos.
El problema no fue darme cuenta de esto, ya que claro está, me había dado cuenta antes. El inconveniente surge cuando me preguntaba que cuál sería mejor usar si hubiese/hubiera que elegir uno. Casualmente caí en la cuenta de que fonéticamente me agradaba más el sonido de la palabra “hubiese” y automáticamente comencé a conjugar verbos: Cantase, ladrase, conectase, fumase y así sucesivamente hasta que llegué a la palabra supiese. Justo ahí, me di cuenta de que le estaría cagando la vida a Luis Miguel. Por ejemplo, en vez de cantar: “Si tu supieras lo que tu me haces sentir…” debería recopilar todos sus discos donde usó canciones del estilo y grabar nuevamente las frases corregidas, como por ejemplo: “Si tu supieses lo que tu me haces sentir”… Frase que por demás está decir, queda como el culo de Fiona cuando se transforma en ogra.
En cambio, quien pensó en que esto podría/pudiese ocurrir alguna vez fue Vicentico, que no se complicó la vida, ahorró un par de dólares en grabaciones y escribió: “Vos sabés, cuánto te deseaba, cuánto te esperaba no si vos sabés”.
En conclusión, no quiero cagarle la existencia a nadie así que decidí no volver a tratar el tema para que Luis Miguel y algunos otros, se ahorren algunos pesos en regrabar canciones y devolverle a la gente sus discos corregidos.
martes, 28 de octubre de 2008
Arjona botonaso...
Me cago en Arjona. Antes estaba todo bien con el tipo, es más: me encantaba escuchar sus canciones cuando estaba mal. Me sentía muy identificado. Escuchaba cualquier tema y decía: “La hija de puta le hizo lo mismo que a mí”. Pero ahora… ahora es distinto. Lo tengo montado en la punta de un huevo.
El otro día charlaba con un amigo (Mili, que no es amiga, es amigo… es una incógnita el por qué le pusieron apodo de mujer a ese chico) y llegué a la conclusión de que empecé a odiar a Arjona desde que escuché con atención el tema “Dime que no”. Una vez analizado el tema, comenzaron a pasar cosas raras. Las mujeres me decían que no, pero me lanzaban “un si camuflajeado”. Y empecé a sospechar, y me empecé a perseguir… “esta mina me dice que no, pero ¿me estará diciendo que si? Mmm… má sí yo me mando…” así me iba también, a veces bien, a veces mal.
Y empecé a descubrir un patrón:
- Hola flaca ¿cómo andás?
- Mal.
- Bueno, pero seguro que ya vas a estar mejor.
- No.
- Qué negativa… ¿querés bailar?
- No.
- ¿Viste que sos re negativa?
- No.
- Bueno, te lo digo: Sos re negativa.
- Bueno.
- ¿Querés tomar algo?
- No tomo.
- Pero yo no te dije si querías tomar alcohol, yo te pregunté si querías tomar algo.
- Ah bueno… No.
- Andá a cagar.
domingo, 19 de octubre de 2008
La maldición de la paloma negra.
Por lo general, toda historia de terror o suspenso comienza con una muerte. Este es el caso del día que arruinó mi racha.
Me desperté una mañana primaveral muy temprano para salir a trabajar. Lo primero que vi fue el techo de mi habitación, blanco como el sueño que había tenido esa misma mañana. Al cabo de unos escasos minutos de fiaca, incliné mi cabeza hacia la ventana y descubrí el hermoso día soleado que estaba creciendo poco a poco con el movimiento cíclico del sol. Pero más allá divisé una oscura silueta molesta para esa hora y mi cerebro, confuso por el repentino despertar, no atinó a hacer otra cosa que eliminar esa figura. Aún dormido, me paré, tomé del frío cañón del rifle que estaba junto a la ventana, apunté y disparé sin saber por qué. Cuando quise darme cuenta de lo que había echo era tarde. Se veía un plumerío flotando sobre los cables que atraviesan la calle de mi casa. Había matado a una inocente paloma.
Un tanto aturdido, comencé mi día pensando en el triste destino de ese pobre pájaro. Cuando salí del baño llevé el rifle lejos de mi habitación para no volver a cometer un crimen similar. Después de todo ¿Quién era yo para decidir el destino de un indefenso animal? Con una angustia melancólica, subí a mi auto y fui a trabajar. El viaje estuvo bastante accidentado. Como nunca, ese día a esa hora, el tráfico era un infierno. Varios motociclistas quisieron suicidarse bajo las ruedas de mi vehículo. Algunos peatones insultaban a mi madre y los animales habían revolucionado el arte de cruzar las calles. En fin, llegué sano a trabajar y nada me sucedió, pero esa rara sensación de que algo iba a pasar estaba latente.
El día transcurrió bien durante las primeras horas, pero el reloj se fue cansado y comenzó a darme algunas señales. Todo lo que tocaba se rompía, todo lo que hacía estaba mal, todo lo que pensaba era macabro. Desde ese día, mi vida es un desastre. Desde ese día no hago nada con ganas y por consecuencia, no hago nada bien. Desde ese día comencé a odiar a la paloma por la cual había sentido lástima. Desde ese día cargo con la maldición de la paloma negra.

